Se encontraba sentada en un concurrido café parisino. Nevaba afuera, era tarde, el cielo se estaba comenzando a oscurecer y la gente iba de camino a sus casas, con paquetes en los brazos. Se llevó la taza de café a la boca con la mano libre del libro que leía, ya estaba frío. Suspiró. En un par de días dejaría París para viajar a Londres, otro paisaje maravilloso, pero insípido como todos, sin alma como la feísima torre de la feria mundial, como la alhambra de españa, como las pirámides de Ghiza. Trató de recordar algo feliz, pero sólo venian a su mente momentos agradables; nada de cosquilleos, carcajadas, ni de ese gorgoteo tibio en el pecho del que hablaban los libros. ¿Es que a acaso había nacido seca? se preguntaba a diario, mientras viajaba cómodamente en su asiento de tren, cuando se arropaba para dormir en un lujoso hotel, cada vez que se miraba al espejo ,cada mañana. La felicidad se arrancaba de ella, había llegado a esa conclusión esa tarde, mientras miraba su reflejo deformado en el café. Pidió la cuenta al garcon, quien inmeditamente corrió a buscarle el abrigo y su sombrero. Tomó la manguita que había dejado en la silla, su cartera y salió al gélido hiver parisien. Caminó hasta llegar al Louvre, y se sentó en la fuente, desierta a esas horas por la hora y la nieve que en un rato llegaría hasta las rodillas. Inspiró profundamente el aire hecho de frías navajas en miniatura, y contuvo el aliento un momento. Se libreró de la manguita, y metió las manos al agua que comenzaba a congelarse. Pasó corriendo un perrito lanudo de color café, y se perdió en un callejón; al verlo, sintió ese vacío inexplicable nuevamente, a veces se le ocurría que se podría deber a la falta de un pedazo de alma. En uno de sus viajes a oriente había escuchado que el alma había que ganársela, y si no se obtenía un alma completa en una vida, se le otorgaba otra para poder juntar las piezas faltantes; nadie estaba seguro de cuántas vidas se tendrían que vivir antes de conseguirlas todas. A ella le parecía que casi todo el mundo lo conseguía a la primera, no había conocido jamás a nadie que sintiera físicamente la falta de un pedazo de alma. La gente la evitaba, los niños no se reían en su presencia, los perros no le movían las colitas peludas y los gatos la miraban con recelo; le tenía respeto a los gatos, en uno de sus viajes había escuchado que ellos podían ver el alma, y temía que esa reacción adversa se debiera a su alma incompleta, o, quién sabe, completamente inexistente. Sacudió las manos, las sentía dormidas; se paró y caminó hacia Notre Dame de París. Cuando llegó, miró hacia arriba, y podría haber jurado que una de las estatuas de los reyes le había guiñado un ojo; caminó hasta el lado del puente y se quedó mirando los arbotantes y contrafuertes cubiertos de nieve al otro lado del río. Deseó tener su alma completa más que nunca en ese momento, sin ese pedazo la silueta de ese lado de la catedral se veía gris y sin gracia. Y de pronto todo se volvió negro y frío.

Una pareja de turistas reía en la mesa del mismo café parisino; las cosas estaban un poco cambiadas, el mobiliario seguía siendo el mismo, la máquina de café ahora era distinta, los viandantes habían cambiado las levitas y sombreros de copa por gruesas parkas y gorros de lana. La gente en la calle seguía llevando paquetes, eso no había cambiado nada. Pasó una vespa cerca de la ventana, y ella sonrió. Él pidió la cuenta,  y le ayudó a ponerse el abrigo; se le había perdido un guante, pero él tomó su mano y la entrelazó dentro de su bolsillo con la suya. Sentía un cosquilleo en la garganta, era feliz. Caminaron entre la nieve hasta llegar a la fuente del Louvre; admiraron la pirámide vidriada, él sacó su handycam y la grabó jugando a tirarle nieve a las palomas; pasó un perrito blanco y corrió tras ella, la acompañó a molestar a las palomas, mientras él grababa y se reía. Cuando llegaron al puente para admirar Notre Dame desde el otro lado del río, la mejor cara de la catedral brillaba en todo su esplendor, los arbotantes glaseados y el gran rosetón que reflejaba las últimas luces del día. Comentó que sentía como si hubiera estado ahí antes, tuvo un escalofrío, cerró los ojos. El violinista disfrazado de Charles Chaplin junto a ellos dejó de tocar; ambos lo miraron. Una mujer había muerto en ese preciso lugar, les dijo; junto a su cuerpo un libro de poemas abierto en una página desgarrada, cuyas únicas palabras sobrevivientes rezaban: "...y un día volveré en busca del resto de mi alma".

 

Sí, dedicado, decidí publicar yo primero para que veas, ¿eso responde parte de tu pregunta? Para que no te vayas indignado en el futuro. Un beso.